lunes, 5 de diciembre de 2011

Evocaciones


Cuando detrás de los cristales de mi ventana, contemplo ensimismado la fina lluvia de los días grises de finales del otoño…

Cuando paseo por el campo algunas mañanas de primavera, aquellas en que el rocío de la aurora cubre de un hermoso velo cristalino las hojas de los olivos y la hierba verde y fresca de los campos de labranza…

Cuando desde el “Paseo de La Muralla”, miro el horizonte en los calurosos atardeceres del mes de agosto, justo cuando el sol se va poniendo y su luz púrpura cubre de sangre las siluetas, agrandadas por las sombras, de los olivos centenarios…

Cuando en el recogimiento del hogar, en las frías noches del invierno, a solas con mis soledades y el extraño silencio que rompe de vez en cuando el ulular del viento del norte…

Cuando en fin, me envuelve esa extraña melancolía que quizá todos sintamos a veces, sobre todo cuando la nostalgia y los recuerdos se apoderan de nosotros.

Es en esos momentos cuando mi mente se llena de imágenes de otra época y escarbo en lo más recóndito de mis pensamientos para sacar las historias que pasaron por mi vida y que me fueron moldeando como persona. Recuerdos lejanos que vienen y van en un “batiburrillo” extraño y que saltan a mi memoria conformando una especie de retratos del pasado.

Es entonces cuando soy consciente del paso del tiempo, que la fortaleza de la juventud ya pasó y que con la madurez y la experiencia sobrevenida también se han quedado conmigo los dolores  y los achaques y que aquel accidente de tráfico de hace tantos años, hace ya algún tiempo que me está pasando factura. Incluso pienso en mi vejez (si es que llego) y en que mi calidad de vida será muy precaria al paso que voy… ¡Madre mía, pero si así pensaba mi abuelo! Algo similar  le oí decir muchas veces, pero cuando decía eso tenía bastantes más años que yo. Entonces… ¿qué pasa?, ¿es que estoy perdiendo el positivismo que siempre he tenido…? Aunque tampoco quiero engañarme a mí mismo. En fin, espero que la vida me depare mejores augurios en este sentido…

Si existe algo en mi pasado que me gustaría cambiar si pudiera, no sería otra cosa que la de haber podido seguir estudiando. Las circunstancias (sobre todo económicas) hicieron que mis padres me quitaran del colegio apenas con trece años. Una cosa que nunca les he reprochado porque supongo tuvieron sus buenas razones para hacerlo pero que, sin quererlo, me privaron de uno de mis mayores sueños: el de haber podido dar clase en un Instituto o en una Universidad como Licenciado en Filosofía y Letras. ¡Cuánto me hubiera gustado estudiar esa Carrera! En lugar de eso aún recuerdo las vejigas que me salieron en las manos cuando, con un cuchillo, quitaba las rebabas a los moldes de los “alpargates” (una especie de bizcochos) en la pastelería en la que me pusieron a trabajar con tan sólo trece años como ya he mencionado antes.

En alguna ocasión alguien me ha dicho que podría haber retomado los estudios en la edad adulta. Y yo digo que prácticamente casi nunca los empleos que he tenido (algunos muy físicos) me han dejado tiempo para hacerlo. Luego se van cumpliendo años, te acomodas de alguna manera, pierdes muchas de las ilusiones que tenías, te preguntas que… ¿para qué ahora? y no te entran ganas de empezar a estudiar de nuevo. En fin, a veces la vida es así y así tenemos que aceptarla. “Agua pasada no mueve molino” y no seré yo quien le dé más vueltas. 


Sea como fuere, desde muy pequeño he tenido un libro en la mesilla de noche. Con apenas 10 años ya había leído “Viaje al centro de La Tierra de Julio Verne” y “la biografía de Miguel de Cervantes”. Esos dos libros fueron los primeros que me dejaron “los reyes magos” y no veas la ilusión que me hicieron esos regalos. Y es que desde muy temprana edad me ha interesado mucho el mundo de la cultura y mi afán por aprender no ha tenido límites. A lo largo de mi vida he ido cultivando todas las ciencias y las artes, de manera muy especial la astronomía y la literatura. 


Rebusco en mi  pasado buscando aquellos momentos que se fueron y que ahora están tan lejanos pero que a mí no me parece que haya pasado tanto tiempo… ¡Dios Santo! ¡Cómo pasa todo y a qué velocidad!

Recuerdo el desconsolado llanto que me causaron los conejos que criábamos en casa cuando en un “alevoso y nocturno ataque” royeron los muñecos con los que jugaba. Un montón de indios Sioux, Arapahoes, Apaches y Comanches, que enfrentaba al Séptimo de Caballería del General Custer en el corralón de la casa de la calle Veredilla fueron pasto de los roedores quedando mutilados en su inmensa mayoría. Aquellos momentos fueron difíciles para mí, un niño de seis años al que su madre consolaba con dulzura y a la que, precisamente, acompañaba al campo a por hierba (cuando la hierba aún se podía coger sin temor a que estuviera contaminada por los pesticidas) en las tibias tardes del mes de mayo para dar de comer a aquellos que habían diezmado mi ejército de muñecos.

De aquellos recuerdos nacieron estos versos que dediqué a mi madre:

 
En tus ojos cansados madre
me estoy mirando,
quisiera recordar contigo
tiempos pasados.
Recuerdo con qué dulce esmero
con qué cuidado,
cuando era pequeño enjugabas
mi llanto amargo.
Recuerdo días de primavera,
tardes de mayo,
para recoger hierba fresca
fuimos al campo.
Luego volvíamos con el tibio
sol del ocaso,
por entre amapolas y juncos
fuimos pasando.
Y recuerdo tu cara alegre,
tus rojos labios,
el amor que en mi alma de niño
ibas dejando.
¡Cuánto me habrás querido!, ¿cómo
podré pagarlo?
Quizá con estos versos madre...,
con este abrazo.

Siguen las imágenes del pasado yendo y viniendo a mi memoria en un trasiego sin fin, unas más lejanas, otras menos, en una mezcolanza peculiar. 


Con unos nueve o diez años, en las mañanas de la primavera tardía, acompañaba a mi padre y mis tíos a las afueras de la ciudad (unos tres o cuatro kilómetros) al chalé que estaban construyendo en no recuerdo muy bien dónde.

Íbamos andando, al alba, cuando el sol todavía no había salido. A lo largo del estrecho camino y a ambos lados nos flanqueaban un mar de olivos y algún que otro erial cubierto de flores silvestres… jaramagos, amapolas, lirios cárdenos… mientras con sus trinos y gorjeos los jilgueros, gorriones y alguna cogujada saludaban el amanecer.

El chalé estaba situado en un claro rodeado de árboles, la verdad es que me gustaba estar allí, se respiraba paz y tranquilidad. Luego, justo cuando el sol alargaba las sombras casi hasta el infinito impregnándolo todo de un rojo sangre volvíamos a casa, realmente disfrutaba de aquellos “paseos” durante los cuales dejaba volar la imaginación y fabricaba quiméricos castillos en el aire, todos cuantos mi imaginación infantil era capaz de crear…


Una mariposa nocturna se me ha posado en el brazo… Efímera… Ha levantado el vuelo… El silencio lo envuelve todo… Morfeo me llama y no le hago esperar. Hasta otro día.

Marco Atilio

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1 comentario:

Legonasurancetúrix el Bardo dijo...

La Nostalgia es un viaje imposible, pero añorado hacia nuestro pasado, es la sublimación en la incertidumbre de un anhelo del alma desbordado, es un sentimiento que puede llegar a doler, uno se siente invadido por imágenes, palabras, ecos o evocaciones del ayer que despiertan en nosotros emociones que pretenden instalarse definitivamente en nuestro pensamiento, avivando toda una serie de desmedidos sentimientos que invaden todo nuestro ser con su presencia.
La meditación es uno de las principales medios que tenemos los hombres de aprender del pasado, porque si no tuviéramos recuerdos, estaríamos desprovistos de la impronta que define a nuestro ser, porque somos los seres humanos los que creamos nuestra propia historia, aunque influida por circunstancias y hechos del pasado.
Como Paul Geraldy dijo: Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza.