sábado, 24 de diciembre de 2011

No todo lo que brilla son estrellas


Cuando miramos el cielo en una noche despejada podemos ver infinidad de puntitos luminosos, la inmensa mayoría son estrellas como nuestro Sol pero mucho más grandes, es por eso que las vemos, a pesar de que la distancia hasta ellas es inconcebible.

En los núcleos de esas estrellas, de esos puntitos titilantes, se está desatando un infierno, allí se generan reacciones nucleares debido a sus altísimas temperaturas de muchos millones de grados, lo cual hace que esos puntitos que vemos en el cielo nocturno transformen en cada segundo millones de toneladas de materia. Son verdaderos hornos nucleares que hacen que esas estrellas (al igual que nuestro propio Sol) brillen y emitan energía. Son astros autoluminosos.

Siempre que las condiciones sean favorables, es decir, en una noche clara, sin luna y lejos del resplandor de las luces de la ciudad y teniendo buena vista, podemos ver a ojo desnudo unas dos mil estrellas en un momento dado. Las podremos ver de muchos colores, blancas, azuladas, rojizas, amarillentas, anaranjadas… brillantes unas y apenas visibles otras.

Pero no todos esos puntos luminosos que vemos en la noche son estrellas, a simple vista, aparte de las estrellas propiamente dichas y de la Luna, se pueden ver seis planetas. También podemos ver galaxias, nebulosas, cúmulos estelares… que pasaré por alto en este artículo.


Los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno y Urano se pueden ver en el cielo nocturno como puntos luminosos, se asemejan a las estrellas pero existen diferencias que los distinguen de éstas. 


La primera característica diferenciadora radica en su forma de “lucir”. Los planetas tienen un brillo estable, sin parpadeos, a no ser que estén muy bajos en el horizonte y puedan hacerlo ocasionalmente. El brillo de las estrellas es centelleante, sobre todo si están a poca altura sobre el horizonte en cuyo caso parecen chisporrotear, crepitar, como diminutos focos multicolores. Además los planetas los hallaremos siempre dentro de alguna de las constelaciones zodiacales, en las inmediaciones de la eclíptica o el camino que recorren el Sol y la Luna en su trayectoria anual a través de esas constelaciones zodiacales.


Otra diferencia es que los planetas (excepto Urano y a veces Mercurio y Marte) brillan demasiado como para confundirlos con estrellas. Serán por lo general, los astros más brillantes de la constelación en la que se encuentren y “descompondrán” el dibujo habitual de la misma.


Un tercer matiz distintivo sería que los planetas se mueven en relación al fondo de las estrellas fijas. No es que las estrellas permanezcan inmóviles lo que ocurre es que su inmensa lejanía hace que su movimiento sea imperceptible para que nosotros lo apreciemos a simple vista. Observaremos que la posición de los planetas más próximos a la Tierra cambia de un día para otro, sin embargo, la posición de los más alejados cambia a intervalos más largos (una o varias semanas).


Además de todo esto, cada planeta por sí mismo tiene unas características específicas que lo diferencian, no sólo respecto de las estrellas, si no del resto de los demás planetas.

-Venus es el planeta más fácil de identificar. Después del Sol y la Luna, es el astro más brillante de todo el cielo. Podremos observar a Venus durante poco más de 3 horas siempre en el horizonte oeste tras la puesta de sol, o bien sobre el horizonte este antes de que el astro rey haga su aparición. A Venus se le conoce como el “lucero del alba o el lucero del atardecer”. Su luz fija, de un blanco inigualable, hace de la observación de este planeta una maravillosa  experiencia para los sentidos.


-Júpiter es el segundo planeta más brillante y tiene un delicado resplandor blanquecino. Un níveo y refulgente brillo, inconfundible en el cielo nocturno. Si no se tiene demasiada experiencia se puede confundir a Júpiter con Venus si el planeta merodea los territorios donde sólo puede encontrase este último. Por supuesto si los dos astros están sobre el horizonte no habrá lugar a la confusión.


-Marte tampoco es difícil de reconocer ya que tiene una fuerte coloración rojizo-anaranjada. Su luminosidad presenta notables variaciones dependiendo de la distancia a la que el planeta se halle de la Tierra en un momento dado. A veces, si no fuera por su color, Marte pasaría casi desapercibido del resto de las estrellas circundantes, y otras veces, brillaría más que ninguna. Como se ha dicho, todo depende de la distancia a la que en ese momento se encuentre de la Tierra.


-Saturno tiene una luminosidad que, aun siendo alta, es igualada por bastantes estrellas, por consiguiente, este único dato no será de gran ayuda para su identificación. Tampoco nos dirá gran cosa su movimiento sobre el fondo estrellado, ya que tendríamos que esperar al menos un mes para apreciar algún cambio en su posición. Así pues, para la localización rápida de Saturno debemos tener en cuenta la estable fijeza de su luz, el color amarillento-rosado de la misma y que la constelación que lo alberga es una de las del zodíaco.

-Urano es visible sin ayuda de ningún instrumento óptico únicamente cuando alcanza la 6ª magnitud, y aún así, teniendo muy buena vista y sabiendo su ubicación exacta en la bóveda celeste. Sólo de esta manera podremos reconocerlo como un débil punto azul-verdoso.


-Mercurio es, posiblemente, el planeta más difícil de ver. Dado que se haya muy cerca del Sol, las condiciones para su observación son extremadamente limitadas. Sólo podremos encontrarlo poco antes de la salida del Sol en el horizonte este, o en el ocaso poco después de que nuestra estrella se haya hundido por el oeste. Siempre estará a muy poca altura sobre el horizonte occidental u oriental, sobre un cielo que aún no se ha llegado a oscurecer del todo y con un brillo muy mermado por la luz solar. Esto hace que debamos buscarlo en un horizonte sin obstáculos y totalmente limpio de neblina. Además, se mantiene sobre el horizonte apenas dos horas como máximo, lo que dificulta sobremanera su observación. Si conseguimos verlo al fin, veremos que su luz es de un pálido amarillento y nos encontraremos entre los pocos afortunados que lo habrán visto alguna vez. 


A lo largo de mi vida he podido ver la suave brillantez de Mercurio en dos ocasiones y tengo que decir que fue una gozada su contemplación. Para muchos aficionados, la observación de Mercurio se ha convertido en su asignatura pendiente. Durante toda su vida, ni el mismísimo Galileo consiguió poder divisar este pequeño y esquivo planeta.

Marco Atilio


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4 comentarios:

Legohannes Kepler dijo...

Enhorabuena, una vez más has dado muestra de tus amplios conocimientos sobre la bóveda celeste, pero resulta que yo estaba escribiendo un artículo sobre el mismo tema, aunque después de leer el tuyo creo que se complementan perfectamente y los hace un poco más cercanos ( si ello es posible) a los neófitos en estos temas.

Anónimo dijo...

y los satelites?, tambien brillan....

Comanleg dijo...

@AnónimoLos satélites se limitan a reflejar la luz del sol, por lo que no emiten luz propia.

F.J.M. (Marco Atilio) dijo...

A Anónimo: Como bien dice Comanleg, los satélites no emiten luz propia sino que se limitan a reflejar la luz que les llega del Sol. Tampoco los planetas brillan por sí solos, también reflejan la luz que reciben del Sol. De cualquier manera es evidente que el título del artículo "No todo lo que brilla son estrellas", se refiere a la percepción aparente que se tiene al mirar la bóveda celeste desde La Tierra, obviando adrede si el astro es autoluminoso o no.
Por otra parte, en lo que se refiere a los satélites he de decir que ningún satélite natural de ningún planeta se puede observar a simple vista desde La Tierra con una única excepción: Nuestra Luna. Si no la menciono en el artículo es porque todo el mundo está identificado con ella y sería un poco de besugo tratar de decirle al profano que pudiera leer este artículo que La Luna, aunque brille, no es una estrella.