miércoles, 15 de junio de 2011

La Gran Miseria Humana

El poema que a continuación os voy a novelar es de Gabriel Escorcia Gravini, pero permitidme antes una breve reseña biográfica sobre su persona.
Nació en Soledad,  un municipio del departamento colombiano del Atlántico, que forma parte del área metropolitana de Barranquilla el 14 de marzo de 1892. Desde los albores de su vida  padeció  el mal de Hansen (la Lepra). Por tal motivo, fue  perseguido por las autoridades de su época con la intención de confinarlo en las afueras de la ciudad  y así  recluirlo en su propia casa. Esta acción espantosa me trae a la memoria y me  recuerda los tiempos del antiguo testamento,  cuando el leproso era declarado inmundo por el sacerdote y apartado de la sociedad,  según el relato contenido en el capítulo 13 del Levítico, uno de los libros contenidos en la biblia del pentateuco de Moisés.

Este joven poeta colombiano, sufrió el dolor físico debido a su enfermedad y padeció el suplicio psíquico debido al rechazo al que fue sometido  durante su corta vida,  murió a los 28 años y su pasó por este mundo se asemejo a una estrella fugaz, pero durante el corto espacio de tiempo que estuvo entre nosotros dejó una huella indeleble. Se caracterizaba por  poseer una curiosidad misteriosa y enigmática que le llevaba a realizar visitas nocturnas al cementerio del pueblo donde nació, fue en  estas visitas donde concibió y llevo al papel para nuestro disfrute este bello poema.
En él,  el autor plantea deliberaciones  habituales sobre el amor y la mujer y a través del amor se plantea el tema de la muerte, que en llegando a "esta comarca" (el cementerio), a todos nos identifica, equilibra e  iguala y reflexionando  de forma generalizada sobre la vanidad, la soberbia, el orgullo y sus engaños, en resumidas cuentas, este es un poema que rinde culto a la ética y que contiene y encierra en sus versos una convicción deontológica conmovedora.
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Una noche de misterio
estando el mundo dormido
buscando un amor perdido
pasé por el cementerio....
Desde el azul hemisferio
la luna su luz ponía
sobre la muralla fría
de la necrópolis santa,
en donde a los muertos canta
el búho su triste elegía.
La luna sus limpideces
a las tumbas ofrecía.
y pulsaba el aura umbría
el arpa de los cipreses,
y en aquellas lobregueces,
de mi corazón hermanas
me inspiraron y con ganas
de interrogar a la Parca
entré a la glacial comarca
de las miserias humanas.
Acompañado del cierzo
Los difuntos visité,
y en cada tumba dejé
una lágrima y un verso...
Estaba allí de perverso
entre seres no ofensivos;
fui a perturbar los cautivos
en sus sepulcros desiertos ?
Me fui a buscar a los muertos
por tener miedo a los vivos.
La noche estaba muy bella
y el aire muy sonoro,
e igual que dalia de oro
semejaba cada estrella;
y a la brisa si querella
por ser voluble y ser vana
en esa mansión arcana,
corría llena de embelesos
poniendo sus frescos besos
en la gran miseria humana.
La luna seguía brillando
y las nubes con sus velos
en el azul de los cielos
si miedo la iban tapando
y, en procesiones pasando
por la inmensidad secreta
iban...y la brisa inquieta
retozaba en el saúz
que empapaba con su luz
Diana, la novia del poeta.
La luna que Diana es,
en aquella hermosa noche
se abrió como aéreo broche
de una flor de esplendidez.
Sentí vacilar mis pies
tan lúgubre mansión
con la lira en una mano
y lleno de emoción
como un revuelto océano
temblaba mi corazón.
Bajo un ciprés sombrío
y verde cual la esperanza
con su fúnebre asechanza
estaba un cráneo vacío...
y sentí pavor y frío
al mirar la calavera
pareciéndome en sus esfera
que se reía de mi;
y yo de ella me reía
viéndola tan calva y fiera.
Dime humana calavera:
¿Qué se hizo la carne aquella
que te dio hermosura bella
qué se hizo tu cabellera
cual lirio de primavera?
tan frágil y tan liviana
dorada cual la mañana
de la aurora al nacimiento?
Qué se hizo tu pensamiento?
Responde, miseria humana.
Calavera sin pasiones,
di: qué se hicieron tus ojos
con que mataste de hinojos
idílicos corazones,
que repletos de ilusiones
te amaron con soberana
pasión que no era villana
y en esas horas tranquilas
qué se hicieron tus pupilas?
Contesta, miseria humana.
Aquí donde no hay tropel
calavera sin resabios;
di: ¿ qué se hicieron tus labios
tan rojos como el clavel,
y dulces como la miel
de la campiña romana
esos tus labios de grana
llenos de pasión mentida,
qué se hicieron en la vida?
responde, miseria humana.
Calavera a quien feliz
besa la luna de plata,
di: por qué te encuentras tan chata
si era larga tu nariz?
Dónde está la masa gris
de tu cerebro pensante
donde tu bello semblante;
y tus mejillas rosadas,
que a besos en noches heladas
quiso comerse un amante?
Aquí donde todo es calma,
contesta cráneo vacío
¡qué se hizo tu poderío
qué de la áurea palma
qué placer de tu vida
que te dió el amor un día
tu altivez , tu bizarría,
tus sonrisas que mintieron
díme, díme, ¿qué se hicieron,
oh calavera sombría?
A mis interrogantes
el cráneo blanco callaba
la luna alumbraba
sarcófagos y panteones...
y dije si aflicciones:
si eres el cráneo de aquella
que en la vida sin querella
me despreció con desdén,
despréciame ahora también!
Eclipsa otra vez mi estrella.
Estamos en la mansión
de la austera realidad.
¡Qué se hizo la liviandad
que tenía tu corazón?
No respondes, mudos son
Tus labios que pronunciaron
Cosas que ya se tornaron
En pálidas flores muertas
Cosas que no fueron ciertas
Y mi pobre alma mataron!
Aquí en esta soledad
que solo cruza el cocuyo,
dime: ¡qué se hizo tu orgullo,
tu amor y tu vanidad?
¿Qué se hizo tu potestad
de persona soberana
y mentirosa y galana
que ostentó tanta belleza?
Dime: qué se hizo tu grandeza?
Responde: oh miseria humana!
Vanidad de vanidades,
solamente con tus galas
oh, mariposas sin alas,
llorando tus liviandades:
las áticas realidades
te circundan con profundo
marasmo que bien culmina...
Es el amor que ilumina
aquí es donde terminan
las vanidades del mundo
Aquí en este camposanto
se terminan los amores,
las alegrías, los dolores,
el poderío y el encanto,
cesa en los ojos el llanto
y el mundo vivo suspira;
aquí no llega la lira
de la muchedumbre inquieta
aquí termina el poeta
y se enmudece la lira.
En este mundo idealista,
de egoísmo y de censura,
tan sólo la sepultura
es la que no es egoísta.
Ella recibe humanista
el santo y al condenado,
al pobre y al acusado,
al perverso, al bueno, al caco,
al honrado, al gordo, al flaco,
al bruto y al ilustrado.
Al rodar el ataúd
en la hueca sepultura
se igualan en línea oscura
el criminal y la virtud,
y en eterna laxitud
que todo movimiento:
lanza gemidos el viento
y la soledad se aterra
y ruedan sobre la tierra
los cráneos sin pensamiento.
Aquí en este camposanto
donde sucumbir es ley,
el esqueleto de un rey
al de un esclavo es igual;
aquí el toque funeral
de la sonora campana
es a la cabeza cana
como a la de negro pelo
y ñata dando recelo
es la calavera humana.
Aquí en este entristecido
y lúgubre camposanto
termina del vate el canto,
músico el sonido,
del pintor el colorido
y de su cerebro el foco,
se consume con sofoco
y solo queda el recuerdo,
aquí tanto vale un cuerdo,
como lo que vale un loco.
Todo corazón se aterra
al llegar a esta mansión
viendo clavar el cajón
que se comería la tierra.
Cuando una tumba se cierra
el alma gime asustada
y esa humana bandada
que otro hoy viene a sepultar,
mañana en este lugar
será polvo... será nada...
En esta mansión glacial
donde lo fatuo refleja,
se pudre la carne vieja
como la carne jovial;
aquí el necio se hace igual
todo se convierte en nada.
sociedad civilizada...
aquí la diosa riqueza
es igual a la pobreza
todo aquí es polvo y es nada.
Y dijo la calavera;
Aquí en este camposanto,
se perdió todo mi encanto
con que vanidosa era;
y mi mejilla rosada
como gasa de arrebol,
mis ojos que envidió el sol,
aquí se volvieron nada!
Tan sólo el dolor es fuerte
la vida es vano capullo,
yo vi acabarse mi orgullo.
Ya todo es materia inerte
Bajo el peso de la muerte...
En este triste lugar
se tiene que terminar
el genio que esplendor tiene
y melancólico viene
las tumbas a visitar.
Llorar en estos desiertos
es una cosa muy vaga
porque el llanto nada paga,
ni resucita a los muertos
y aquí en un tétrico día
cae el que peca, el que no peca
así, haciendo horrible mueca,
la calavera decía:
Aquá está la realidad,
que sobre el orgullo pesa;
aquí la gentil belleza
es igual a la fealdad;
aquí acaba la maldad
y la bondad apreciada,
aquí la mujer casada
es igual a la soltera
me decía la calavera
con su voz apagada.
Yo soy el cráneo de aquella
a quien le cantaste un día
poemas que no merecía
porque no era así tan bella
como la primera estrella
del oriente, el tulipán
a quien las auras le dan

aquí el que de mi se ríe
de él mañana se reirán.
Yo escuchaba aquella cosa
y lleno de horrible espanto,
salí de aquel camposanto
como veloz mariposa...
la luna pura y radiosa
vertió su lumbre fugaz
y la calavera audaz
dijo al mirarme correr
nada tienes que temer,
tú, calavera serás.
Yo, ante razón tan sencilla,
Sentí por el cuerpo mío
un extraño escalofrío
casi perdiendo la vida,
con el alma entristecida
llegué a mi celda cristiana
meditando que mañana
por firme ley de la parca
debo habitar la comarca
de las miserias humanas.

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